lunes, 21 de enero de 2008
Profecía
El aire entrando en mis pulmones. Los sonidos retumbando en mis tímpanos. El dulce aroma de la libertad. Un mensaje he venido a predicar, sólo uno, nada más. El problema ahora es que no es el momento indicado aún. Cuánto tiempo!!! Cuántas cosas!!! Hacer, sólo pensar y sentir. Ya habrá momento para hacer. El contacto... Las miradas... Daría mucho más de lo que poseo por saber lo que oculta una mirada, lo que oculta un silencio, lo que oculta la distancia y lo que oculto realmente detrás de mi sonrisa. Porque nadie vive de manera lineal, excepto yo. Vivo a la vez en diversos mundos y linealmente en cada uno de ellos. Mantengo la templanza en cada momento. Esas ganas de llorar, de dejar escapar todo. Que vivan sin mí. Emancipar mis ideas... Oh, qué tarea más difícil!!!!!!!! Si tan sólo tuviera un vástago de esperanza.... Pero ya no, no puedo dejar que en mi estéril prado broten el bien y la bondad toda. Mucho tiempo sufrí y me desgañité peleando para que la oscuridad y la maldad en su más puro elemento surgiera en mí, sacando mi yo verdadero. Ya no más la sofisticada hipócrita que miraba con ojos ciegos al objeto de su deseo mientras lo veía alejarse. Ya no más la educada ingenua que de lejos observaba la felicidad de aquellos que se nutrían de su dolor. BASTA!!! No más.... El deseo de desgarrar un corazón ajeno para compensar las largas madrugadas de lágrimas que rodaban por mi rostro áspero, por el ocultamiento de mí misma. Esperando a que todos estuvieran al fin durmiendo para no molestar con mi dolor, el dolor de no ser comprendida ni siquiera por mí misma. Es el aire de montaña que ingresando en mis pulmones me hace gritar más fuerte. Me hace gritar ya no de dolor simplemente, sino que ahora hay placer, el placer de la dulce y larga venganza. Porque el rencor no logra mucho, pero el rencor en planes concretos, es decir vendetta, hace que todo sea más suave. Luchando con mis miedos, esos que no me permitían dormir. Nadie tuvo la amabilidad de preguntar por mis ojos tristes. Nadie me tendió las manos. Nadie me abrazó cuando era necesario. Nadie me vio llorar, y nadie me vio reír. Ahora ya es tarde para todo eso, ahora es tiempo de dejar de llorar y de reír cuando todo haya acabado. Podría escribir miles de cosas. Palabras, aforismos, una novela, cuentos infantiles, gafittis, el mejor best seller del siglo, o simplemente una carta suicida. Sería molesto y problemático enumerar todas y cada una de las cosas que soy capaz de escribir. La razón es muy simple, muy sencilla, hay otra actividad que poco a poco ha ido cobrando más y más importancia en mí, hay algo que le resta importancia al resto de las cosas todas, y es mi propio ser. Mi concepción de mí misma. El valor que me doy, el amor que me tengo. Cuan desesperada estoy por reconocerme como lo más importante para mí y mucha gente más, aunque la mayor parte de ellos no lo logre ver jamás. Debo abandonar mi proyecto altruista y comenzar con el proyecto que ha de acercarme al objetivo que he elegido, el destino que me he marcado. Fastidié a muchos ya, pero sólo hay una persona que desearía no haberla fastidiado nunca, y esa persona soy yo. Fui tan ingenua que resigné mi felicidad por la felicidad de unos cuantos a quienes no les importó el sacrificio, el esmero y el dolor que tuve que soportar para que ellos pudieran sonreír unos segundos.
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